Jugamos como siempre, ganamos como nunca

Ayer el clima de Lima despertó caprichoso. Un cielo usualmente gris fue opacado por el sol. Acaso una señal, una premonición de como acabaría el día para los peruanos. Quizás no. Pero ahora todo se puede pensar. Ayer que todo salió bien para la selección peruana.

El fútbol es un deporte de momentos, y vaya momento el de la selección peruana. Vaya momento para poder sacar un resultado, y recordarnos que las estadísticas han sido hechas para romperse. Al diablo aquel dato que decía que jamás habíamos ganado en Quito. Al diablo los que decían que Ecuador es casi invencible de local. Que en la altura nos matarán.

Hoy me tocó vivir el partido en la universidad con audífono al lado y una transmisión en vivo de esas que no faltan en Facebook rodeado de más de uno, que dejó el estudio de lado y se concentró casi 90 minutos en apoyar  a una selección que más de una molestia nos ha dado. Quizás para las otras generaciones, la molestia sea mayor. Son años de no ir a un mundial. Son años de gestas que nunca arrancan o se queman en el horno (como la del 98′). Son años de sentarse y ver jugar a un equipo en el que jamás dejaríamos de creer. Para otras generaciones, es díficil creer tanto en este equipo. Un equipo que carece de un Cubillas, un Uribe, un Cueto, un Velásquez, un Ramírez, un Quiroga (y muchos nombres más). Para esas generaciones, estos jugadores aún no despiertan su máximo potencial. Y probablemente sea verdad. Sin embargo, esta generación tiene el beneficio de la ignorancia (casi siempre un beneficio en el Perú) pues no los conocemos, sólo los conocemos por vídeos y los relatos que nos cuentan.

Esta generación solo tiene el presente para seguir ilusionándose, seguir pensando que esos 11 que se paran en la cancha, durante 90 minutos o más, pueden ser los mejores del mundo. Nosotros nos ilusionamos con un Gallese, un Cueva, un Tapia, un Yotún, un Guerrero. Son los jugadores que conocemos y a los que podemos ver. Es bonita esta ignorancia, en cuanto nos permite soñar, nos permite aguantar todos esos procesos fallidos pensando que en el siguiente partido, todo puede cambiar.

Hay dos cosas en las que uno no debería dejar de tener fe; en uno mismo y en el equipo del que hinchas. Supongo que ocasionalmente pasa una de las dos, pero siempre la fe regresa. Habría que preguntarse porqué, pero regresa. Cuántas veces he visto a las personas pararse afuera de un restaurante, afuera de un bar, afuera de cualquier lugar, con tal de ver la pantalla en la cual la selección aún está jugando. Supongo que lo de ayer es más un premio para todos ellos, para todos esos que siguieron alentando en el estadio, en sus casas, en donde sea. Todos aquellos que sufrían cuando la pelota pasaba por nuestro arco, y gozaban cuando era en el arco contrario. Todos aquellos que faltando tres fechas, recitaban aquella oración que casi todo hincha de fútbol ha dicho alguna vez en su vida; matemáticamente sí se puede.

Ayer no fue así. Y con los dos goles, la gente gritó y probablemente gozó de aquella selección que nos ha ilusionado como tantas otras antes, pero nunca tanto. Nunca hemos estado tan cerca del objetivo como ahora. Ayer durante 90 minutos, toda una generación vibró al ver a su selección hacer historia, y mientras gritaban esos goles y gritaban esa victoria, se olvidaron de todos los problemas. Se olvidaron de PPK y su hasta ahora pésimo gobierno, de la huelga, de la interpelación a Martens, de la plata que falta en el hogar, de la tarea que se olvidaron, de ese práctica que jalaron, de esa pelea con la familia. Ayer, quisiera imaginar, el Perú cerró los ojos y volvió a creer. Aunque sea por un segundo o noventa minutos.

Pocas veces he visto a mi universidad paralizada por un partido de fútbol. Y es que uno pensaría que, cuando se promueve el desarrollo del pensamiento crítico, es sólo cuestión de tiempo para que los estudiantes puedan salir de ese bálsamo que es el fútbol. Pero a veces necesitamos ese bálsamo. Supongo que es la magia de ese deporte. Hay personas que no lo comprenden, que ven solo a 22 jugadores yendo atrás de un balón. Es un deporte simplista, rudo, vulgar; suelen decir. Quizás es mi propio ser que me impide tomar como cierto todo esto, para mí el fútbol es más que 22 jugadores yendo atrás de un balón. Para mí es magia. Pocos son los deportes en los que todo puede cambiar en un minuto, en un segundo, en una jugada. Es parte de la religión del fútbol.Y ayer vi reflejado eso, en cada gol, en cada ataque, en cada pelota que la defensa rechazaba. Estoy casi seguro que la mayoría comenzó mirando el partido con la seguridad de que iban a perder. Es la selección, ¿acaso ganarán allá? había escuchado de camino a mi hogar un día antes. No negaré que también pensé lo peor. Y me di cuenta que no era el único. Y más se fueron sumando a medida que los minutos pasaban. Con cada minuto que pasaba, más personas se unían al grupo que miraba el partido desde sus celulares, sus laptops. Yo tuve que escucharlo por radio, la agonía de ver a Perú jugar sólo la tengo en mi casa.

Existe una máxima en el fútbol peruano, jugamos como nunca, perdimos como siempre. Es la clásica declaración de los jugadores cuando pierden. Es el clásico análisis de los comentaristas deportivos finalizado el partido. Tenemos esa frase tatuada en el pecho, con tinta indeleble.

Pero ayer, pasó lo que no suele pasar con la selección desde hace muchos años. Ayer y quizás desde hace buen tiempo jugamos como siempre, ganamos como nunca. Porque la selección de Gareca no ha descubierto el fuego hace dos fechas, ya lo había descubierto tiempo atrás. El rendimiento estaba, los resultados simplemente no acompañaban. Supongo que eso aumenta más la angustia de un hincha que sólo quiere ver a su equipo ganar. A nadie le gusta empatar un partido, y mucho menos perder. Incluso si tu equipo está jugando terrible (créanlo, soy hincha de Alianza). Pero cuando tu equipo comienza a jugar como tus abuelos te decían que se jugaba antes, comienza a tocar el balón a ras del piso y a bailar al rival, a atarantarlo con buen control de balón, y aún así la pelota no entra; pues… repetíamos la máxima, como queriendo consolarnos antes de dormir; jugamos como nunca, perdimos como siempre.

Ayer no fue así. Y con los dos goles, la gente gritó y probablemente gozó de aquella selección que nos ha ilusionado como tantas otras antes, pero nunca tanto. Nunca hemos estado tan cerca del objetivo como ahora. Ayer durante 90 minutos, toda una generación vibró al ver a su selección hacer historia, y mientras gritaban esos goles y gritaban esa victoria, se olvidaron de todos los problemas. Se olvidaron de PPK y su hasta ahora pésimo gobierno, de la huelga, de la interpelación a Martens, de la plata que falta en el hogar, de la tarea que se olvidaron, de ese práctica que jalaron, de esa pelea con la familia. Ayer, quisiera imaginar, el Perú cerró los ojos y volvió a creer. Aunque sea por un segundo o noventa minutos.

Quién sabe, quizás dentro de un tiempo, aquella máxima desaparezca, y sea reemplazada por la seguridad que poco a poco, nos brinda esa selección que ya no son cuatro fantásticos, ya no es Guerrero y 10 más, ni siquiera Farfán y 10 más, ahora son 11 jugadores a los que tenemos en cuenta. Quizás esta generación tenga motivos suficientes para soñar, y unirse todos a pensar que Rusia 2018 no está tan lejos como pensábamos.

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