Diálogo olvidado en Latinoamérica

1967 pudo haber sido un año más. Si bien también fue el año en el que The Doors o Pink Floyd debutaron, se convirtió en uno de los años más significativos para la literatura latinoamericana. Aquel año no solo ganó el premio Nobel de Literatura Miguel Ángel Asturias, sino también salió a la luz una de las novelas más influyentes del siglo XX para Latinoamérica, Cien Años de Soledad.

Aquel año, el escritor peruano Mario Vargas Llosa habría de conocer a aquel autor que lo marcaría tanto; Gabriel García Márquez. Conocer físicamente, habría que decir, pues ambos ya habían entablado contacto por medio de cartas, profesando admiración por la obra del otro.

Vargas Llosa acababa de ganar el premio Rómulo Gallegos, y García Márquez empezaba a disfrutar de la fama que le traería la publicación de su cuarta novela. Ambos coincidieron en Venezuela, en un aeropuerto, una referencia cinematográfica para indicar el comienzo de la amistad.

Ambos se juntaron en la Universidad Nacional de Ingeniería (UNI), que por esos años llevaría a cabo una de las mejores campañas culturales que se habrían de ver en el Perú. En 1964, tanto Jorge Luis Borges como Pablo Neruda se presentaron en la UNI, recibiendo ambos la distinción académica Dr. Honoris Causa UNI. Además, en la revista Amaru (Revista de Artes y Ciencia de la UNI) se mantuvo un contacto con Neruda, pero además, estableciendo un contacto con García Márquez (que publicó uno de los capítulos de Cien Años de Soledad allí)1 y la crítica de Vargas Llosa al autor colombiano en un artículo llamado “Cien Años de Soledad, el Amadis en Ámerica”. No es dato menor la aparición de Nicanor Parra en 1966, para regalar dos recitales, y una curiosa conferencia sobre matemáticas.

Por esto, no sorprendió que la UNI invitara a Mario Vargas Llosa a un diálogo público con Gabriel García Márquez, siendo la principal atracción la oportunidad de ver al laureado autor peruano. Habría que tener en cuenta que fue mucha la casualidad de poder tener en el mismo auditorio a dos futuros Premios Nobel. Claro que en ese momento, García Márquez no era muy conocido en el Perú. Para muchos, era Vargas Llosa junto a algún autorcillo de Colombia.

Estaban allí, en ese auditorio de la Facultad de Arquitectura, dos autores dicotómicos, uno como estrella de cine y el otro como un escritor un poco más tímido. Vargas Llosa acaso, tan joven, ya había experimentado la fama, mientras que García Márquez tenía aún que acostumbrarse (y acaso nunca lo hizo).

La dinámica se basó más que nada en una entrevista. En principio, Vargas Llosa era el entrevistador, y García Márquez, el entrevistado. Digo en principio, pues uno de los detalles más gratos fue que se convirtió en un intercambio de roles, siendo las preguntas de Vargas Llosa respondidas con una contrapregunta del Gabo. Así el diálogo adquirió otro nivel. Curioso detalle que ambos ya habían tenido experencias cercanas con el periodismo, por lo cual, las preguntas y las respuestas fueron sensacionales. Es también este intercambio en el que vislumbramos el principio de una bonita amistad.

Aquel diálogo de dos días (05 y el 07 de septiembre) nos regaló reflexiones tremendas, de la labor del escritor, de la novela y tantas cosas más. Ambos autores compartieron sus puntos de vista sobre estos temas, mientras iban transformando aquella atmósfera en algo mágico, algo fuera de este mundo. Por momentos era debate, por otros, era una conversación entre dos viejos amigos, todo por momentos. Ambos fueron considerados parte de ese movimiento (¿o quizás momento?) llamado el boom latinoamericano. Pero eso sería etiquetarlos y encasillarlos, pecado capital en la literatura, tanto en obras como en autores. ¿y acaso nadie ha pecado?

Este diálogo quedó registrado en un libro titulado La Novela en América Latina diálogo entre M. Vargas Llosa y G. García Márquez (Ediciones Copé, 2013) de lectura casi rápida, amena, que parece detener el tiempo y que por unas horas hace parecer que todo transcurriera en 1967. Curioso que con el tiempo, ese mismo que se detiene al leer sus novelas, ambos autores terminaron separándose, dejando en el aire una de las mayores intrigas de la literatura latinoamericana, ¿quién o qué los separó?

Supongo que nunca lo sabremos a ciencia cierta, y quizás es lo mejor, quizás nos tengamos que quedar con la satisfacción de que cuando se juntaron, nos dieron uno de los diálogos más trascendentales de la literatura latinoamericana.

1967 fue un año importante, y 50 años después, en un 2017 que cada vez va desapareciendo, recordamos este tipo de acontecimientos, esperando encontrar la luz en este agujero al que llamamos realidad. La literatura de ambos autores nos da esa oportunidad, y leer este diálogo también. La oportunidad de hacer el viaje (o intentarlo al menos) a su mente.

Este año se cumplen 50 años de este diálogo, un diálogo que ha quedado en el olvido, del que pocos se acuerdan, pero al que, menos mal, la misma universidad que los reunió, tiene el tino de conmemorar. Hoy en aquel auditorio de la Facultad de Arquitectura, se conmemorará aquel diálogo, que esperemos sea la cura a esta enfermedad del insomnio que tiene Latinoamérica, una Latinoamérica que tiene tanto de Macondo como la selva que describe Vargas Llosa. Que tiene sus Lituma y sus Aureliano Buendía, sus Jesús el Consejero y sus Florentino Ariza.

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