La libertad de expresión en el Perú ¿realidad o ficción?

Es necesario devolver la libertad de expresión, de lo que uno piensa, a veces uno puede pensar cosas equivocadas, pero las puede decir, nunca hay que olvidar eso.

Pedro Pablo Kuczynski.

La libertad es un derecho. O así nos lo han enseñado. Quizás, como se dice, somos esclavos de nuestra libertad. Una especie de uróboros ético.

Precisamente la libertad de expresión se mueve por estos campos minados. Digo campos minados por el poder de la palabra, como diría aquel cura de la anécdota de García Márquez. Sin embargo, el poder de la palabra en el Perú, poco o nada importa. Aquí sólo importa de qué se diga, y por quién es dicho.

Este concepto puede ser rechazado por muchos, pero seamos honestos, no todos los temas pueden ser tocados. Es imposible que se hable de la época de Velasco y salir ileso, y en realidad, es imposible hablar de política y salir ileso.

Hay temas vetados que impiden que este derecho, irrenunciable, se cumpla a plenitud. Se dice que la libertad de uno termina, donde comienza la del otro. Pues en el Perú, la libertad de uno termina y no termina a la vez. Una especie de paradoja, en la cual sólo depende de qué tema hables.

Hablar de política es hablar de los últimos veinte años y darte cuenta que no puedes hablar de un presidente sin tocar al anterior o al siguiente. Tú hablas de García, y Fujimori o Belaunde estarán ahí presentes. Es algo que no podemos evitar, y es que en política, todo tiene que ver con el pasado. Política sin historia, resulta una política un tanto tenebrosa.

Hablar de género es hablar de ciencia y religión. Es tomar una posición que muchas veces depende de tus creencias y que no puede escapar de ellas, definitivamente. Pero hablar de género también es tocar el tema de la violencia, una violencia reflejada, en la mayoría de casos, contra la mujer. Una violencia contra todo aquello que no esté bajo la figura patriarcal.

Hablar de cultura, es hablar de algo que no está, pero es. Porque, qué es la cultura sino algo en constante cambio. Y además, entramos en el eterno debate de cuál es la cultura peruana. ¿Quiénes somos peruanos? o incluso ¿qué nos hace peruanos? Hablar de cultura es muchas veces, discutir sobre lo que importa en el país, y peor aún, quiénes importan.

Hablar de literatura es hablar de Vargas Llosa o de Miguel Gutiérrez. Es hablar de distintos autores, pero a la vez, es hablar de ninguno en particular. Porque ¿de qué hablamos cuando hablamos de La Hora Azul? ¿acaso criticar a Cueto no es criticar a Vargas Llosa, y a su vez, criticar a toda una serie de autores universales a los que es mejor no tocar? Y no tocar no porque sean intocables, sino por el único motivo que a nadie le gusta joder a alguien que es más grande; aunque su grandeza no esté justificada. Esto último escapa de la literatura, o se funde con ella, pero también ataca al resto.

He hablado de cuatro temas, que quizás no son los únicos campos minados, pero que serán los ejes centrales de lo que trataré en esta pseudocolumna de un estudiante que solo quería escribir.

Hablar de algo en el Perú, es hablar de nada. Pues casi todo se piensa, pero al momento de decirlo, surge la pregunta fundamental, ¿qué decimos? Una pregunta muda, que jamás tendrá respuesta, pues nunca lo sabremos, nadie nunca lo sabrá, y nadie nunca podría saberlo. Es un esfuerzo en vano el responder el qué decimos o el cómo lo decimos. Decía que la libertad de expresión es un campo minado, pues no todos los temas pueden ser abarcados, no todo puede ser hablado. El poder de la palabra vuelve a aparecer como una gran figura.

Un gran ejemplo es lo que dice Phillip Butters, que además de encontrarse en los límites de lo políticamente correcto, dice cosas que aunque las pensemos, nadie las admitirá. Es por eso que hay personas atrás de él, personas que lo defenderán, porqué lo identifican como uno de los pocos que hace buen uso de la libertad de expresión.

Pero como Butters hay muchos. No es el único ni lo ha sido ni lo será. Podemos identificar a Butters como ese candidato presidencial que sabe que no va a ganar, entonces sólo se dedica a despotricar contra todos sus rivales, diciendo cosas que normalmente no dirías si estuvieras confiado en la victoria.

Qué en los últimos 20 años, no se pueda hablar de un presidente que haya representado a la mayoría, no se pueda hablar de una institucionalidad, no se pueda hablar de un periodista líder de opinión, de un canal de televisión libre de intereses, es algo peculiar. Quizás cae en la utopía lo que pido. Quizás jamás podremos encontrar una libertad de expresión, pero de utopías vive el hombre (latinoamericano).

Pero estas reflexiones se alejan del objetivo del título, y era responder a esa cuestión.

¿Es una realidad? No. Realidad es que, no podemos hacer uso de la libertad de expresión si todo cae rápidamente en la censura. Realidad es que, si reclamas tus derechos, puedes ser tildado de terrorista, subversivo, anarquista, golpista, y sinsentidos por el estilo.

¿Es ficción? Ficción quizás, porque no existe hasta que es conveniente. Los políticos la defienden, pero sólo cuando no los atacan. La prensa la reclama solo cuando se siente acorralada por el mal uso que le da. Sobre esto último, se podrían escribir diarios enteros, pero quizás en otra ocasión. Pero mucho más importante, en una democracia, la libertad de expresión es esa excusa que tenemos cuando decimos algo que no es políticamente correcto. “Es mi opinión, pues, no me vas a callar, tengo derecho a decir lo qué pienso”.

La libertad de expresión en el Perú es una ilusión, una ficción digna de una novela, una fantasía con algo de realidad cuyo mal uso solo deja en claro que somos un país sin voz.

La tierra en la que todo se piensa pero (casi) nada se dice.

Eso es el Perú.

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